El otro día me dejé llevar al cine sin tener ni la más remota idea de a lo que iba. Es un deporte de riesgo que, cuando sale bien, te reporta muchas satisfacciones. Es una simple cuestión de contraste, como todo en la vida: con expectativas 0, si consigues algo de 10, tu placer es la diferencia. En cambio si tus expectativas son de 7, y el resultado es igualmente de 10, tu placer es solo de 3.
Es decir: el producto tiene la misma calidad pero tu disfrute ha sido mucho menor.
Y qué decir de la catástrofe cotidiana de tener una expectativa de 8, ver algo de 7, es decir, muy bueno, ¡pero sentir que lo que has visto es malo!
Pero a lo que íbamos... hacia el norte.
Si hubiese sabido a priori que me querían llevar a ver la película más taquillera de la historia de Francia, probablemente hubiese retirado el saludo a la atrevida persona que me lo hubiese propuesto. No sabía ni que íbamos a ver una película francesa (la situación hubiese resultado casi la misma).
Durante la primera media hora de película, me acordé de por qué no voy apenas al cine, y pensé que esta sesión de descenso por el cañón del celuloide iba a acabar en tragedia. Sentí una sensación que hacía tiempo que no vivía: la de estar a punto de levantarme de mi butaca y regresar a mi casa con lesiones cerebrales irreversibles. No podía creer el nivel de chistes y gags al que me estaba auto-sometiendo.
Pero el tiempo fue pasando y empezaron a surgir algunas secuencias que me parecieron maravillosas. Mi nivel de expectativas estaba a cero al entrar en la sala y bajó a -10 durante el comienzo: de ahí solo se podía salir, hacia arriba.
La película me acabó gustando mucho, dándome cuenta que contenía algunas de las secencias más wilderianas de las que había disfrutado ultimamente.
(si, es cierto, apenas he hablado de la película. Pero es que esto no pretendía ser una crítica. Vete a verla... si te atreves)